… una feria
abril 30, 2012
Las flores rojas brillan con la luz, algunas copas derraman su contenido al suelo de albero, alguien se da cuenta, o no. En el techo los farolillos se mecen suavemente al ritmo del viento y a veces, durante unos instantes, también al ritmo de la música.
Permanezco sentado, los pies juntos, las manos sobre las rodillas que se tocan levemente, la espalda recta y la mirada al frente.Los trajes de flamenca vivos bailan a mi alrededor, guiados por la música realizan los movimientos una y otra vez, casi todos a la vez. Se detienen, alguien empieza a tocar la guitarra, y de nuevo comienza el baile de telas y colores frente a mis ojos.
Sigo con la vista fija al frente, esperando a ver lo que antes vi. O no.
A mi lado se levantan y caen conversaciones, risas, palmas y silencios, que se suceden uno detrás de otro. Mientras yo contemplo a las mujeres que bailan siguiendo el ritmo incesante. De repente, durante un instante entre dos mujeres, entre un vestido rojo y otro verde, se abre un hueco. Sonrío levemente y por fin lo veo. Justo entre los repliegues rojos y verdes, ondulados por el viento el hueco perfecto donde estaría ella.
Mi mujer ausente aparece sin verse y retoma el baile, a un ritmo más lento pero nunca fuera del compás. Su vestido ondea vaporoso y prieto en el viento cálido, lo contonea y maneja a placer. Sus manos finas y blancas manejan hábilmente el aire que atraviesan girando la muñeca en un vertiginoso movimiento de dedos, dando formas suaves al aire.
Ignorando al resto de mujeres las rodea con sus brazos y se pierde entre sus bailes corporeos y ajenos. Las demás mujeres, sin saber su condición, continúan con sus pequeños bailes, con su ritmo, su música, su guitarra y sus vestidos. A veces las miro, cuando pasan por delante mio, pero en ningún momento podré dejar de ver lo que no veo una silla vacía, un copa sola en la mesa, un suspiro a destiempo. Puedo ignorar a las mujeres que bailan frente a mi, cerrar los ojos, podría salir corriendo y nunca volver. Pero nunca escaparía de tu ausencia.
Hemerocallys
abril 2, 2012
Con mucho cuidado sacó una pequeña caja del congelador y la colocó delicadamente sobre la mesa, era de cristal transparente y a través del hielo se intuían formas de un color rojo intenso. -Es una Hemerocallys- sonrió- también se le llama flor de un día, cada una de ellas nace por la mañana y muere al anochecer. ¿No lo entiendes? Para esta flor es todavía 17 de febrero. De alguna manera siempre será 17 de febrero, siempre.
Por la noche
marzo 28, 2012
La noche volvió inevitable, como siempre. Igual de inevitable que el día que poco a poco se perdía en el horizonte, la luz se escurría entre las sombras y el sol se escondía poco a poco, como asustado, entre montes apagados, dejando tras de sí una bruma color naranja, morado, azul, negro. La noche llegó inevitable.
Paco Yerón subió paso a paso las escaleras, dejaba caer su peso en la barandilla ayudándose en pequeños impulsos. La madera antigua y oscura se quejaba del peso, crujiendo a cada paso acompasada a la respiración del hombre. Siguió subiendo, despacio casi en silencio. Las fotos colgaban junto a la escalera, Paco Yerón consiguió llegar a la segunda planta sin mirarlas.
Entró en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí, poco a poco se sentó en la cama, notando cada una de las articulaciones al doblarse, sintiéndolas crujir como la madera. Frente a él, el espejo le devolvía una imagen falsa, un viejo arrugado, con la cara sin color, excepto bajo los ojos. Unas manos flacas y atravesadas por venas oscuras. Unas piernas sin musculo. Piel blanca. Ojos turbios. Arrugas. Años.
Suspiró. (Y la casa volvió a crujir)
El pijama celeste le quedaba demasiado holgado y el color parecía ridículo en un hombre de su edad, casi como una bata de enfermero. Encendió la lámpara de la mesita de noche y no sin esfuerzo se levantó a apagar la luz de la habitación. Al hacerlo la habitación cambió un poco, no solo más oscura, sino, de alguna forma, más silenciosa y secreta, las sombras habían cambiado y se alargaban por el suelo, como escondiéndose de la pequeña lámpara que apenas iluminaba. Paco Yerón volvió a la cama y se tapó con varias mantas, sacó el delgado brazo de entre ellas y lo acercó al interruptor de la lámpara, dudó un instante y luego apagó la luz.
Las sombras que se escondían corrieron a ocupar su lugar, la densa oscuridad lo cubrió todo como si hubieran derramado un cubo de alquitrán sobre toda la habitación. Poco a poco la vista de Paco Yerón se acostumbró a ese estado y empezó a distinguir siluetas, a veces reconocía los muebles, otras no. Algunas de las formas que vislumbraba ni siquiera las recordaba de antes. La casa entera quedó en silencio y a oscuras.
En algún lugar de la casa sonaba el tic tac de un reloj, con su péndulo movía el tiempo hacia adelante, despacio pero incansable, dejándose acompañar por el silencio, un silencio que llenaba cada rincó, un silencio estático que permanecía. Hasta que algo lo hizo desaparecer.
Paco Yerón abrió los ojos al oírlo, reconoció el sonido, que se transmitía a través de las viejas vigas, durante un instante silencio, al siguiente un ruido, luego silencio y cuando todo parecía fruto de la imaginación, otro paso. Paco Yerón en la oscuridad, tumbado en la cama, miraba con los ojos totalmente abiertos el espejo frente a él, mientras escuchaba la escalera crujiendo con el peso. Pensó en las fotos colgadas, en lo que podrían estar viendo en ese preciso instante, qué imagen reflejarían los turbios cristales en la oscuridad, con los marcos carcomidos por las termitas y el tiempo a partes iguales. Aquellas fotos que ya no quería mirar, aquellas fotos de sus padres, la foto de su boda, frente a su casa, su madre con él de pequeño en brazos, sus padres y él y su hermano. Paco Yerón con su mujer en la puerta de esa misma casa, Paco Yerón con su mujer, ésta sentada un sillón. Paco Yerón con un traje negro de nuevo frente a la casa. No había ninguna otra foto de su mujer, en ninguna otra foto se veían niños. O una sonrisa.
El péndulo del reloj se detuvo un instante antes de continuar, un breve instante, pero continuó. La puerta del dormitorio ahora estaba abierta, no mucho, apenas unos centímetros. Paco Yerón dirigió la mirada al hueco oscuro, pero cerró los ojos con fuerza antes de lograr ver nada. Apretó los párpados y un sonido sordo se le escapó desde la base de la garganta.
No había estado solo toda su vida, hubo momentos en los que tuvo una familia, hermanos de sangre y de la vida, hubo un tiempo en el que tuvo una bonita mujer a su lado, cogiéndole la mano. Pero ese tiempo formaba parte de un pasado más feliz. Ahora no le quedaban sino los recuerdos y las arrugas. El pasado era un lugar tan distante como irreal, recordaba con todo detalle la voz de su madre, el apoyo de sus amigos, las caricias de su esposa. Aquellos detalles, esos instantes que constituían su felicidad. Todos y cada uno de ellos habían desaparecido, uno a uno. Sólo quedaba él, en mitad de un absurdo y gigantesco recuerdo fallido de lo que debía haber sido una vida.
Cada mañana comenzaba el mismo día, cada noche la misma noche. Un círculo vicioso al que habían desembocado cada uno de los acontecimientos de su vida. La misma rutina, día a día. Muchas noches Paco Yerón se acostaba sin haber dicho una palabra desde la mañana, no quería hablar solo, había decidido no volverse loco, al menos no de esa manera. Al menos, no quería darse cuenta.
Abrió de nuevo los ojos y miró hacia la puerta al final de la habitación, todo era oscuro. Una oscuridad densa espesa de la que no se podía escapar y en el centro de esa oscuridad, apenas visible, un pequeño círculo más claro, un ojo celeste, atrapado en la oscuridad, mirando a través de la rendija de la puerta, quieto, impasible y constante, atravesando el aire denso y clavando la mirada en los ojos de paco yerón.
Un sonido metálico llegó desde la puerta, como agujas derramándose por el suelo, el hombre intentó hablar ¿Quién eres?, pero el sonido de su propia voz empezó a resonar por las paredes, en su habitación y también en los pasillos de la casa, donde no había nada excepto la noche, y se asustó. Lo que sea que hubiera en la puerta no reaccionó, continuó quieto en silencio, esperando. El hombre, acostado, miró directamente a la oscuridad, y se dio cuenta de que lo que estuviera en aquel pasillo era ciertamente alto, ese pequeño ojo azul estaba a más de dos metros del suelo, intentó buscar algo más en aquella figura, durante un instante creyó distinguir sombras más leves formando una sonrisa llena de dientes, aunque se confundió.
De nuevo se escuchó el mismo sonido, como si pequeños insectos metálicos subieran por las paredes. Empezó a sonar más fuerte, no solo en la puerta, sino dentro de la habitación, por el techo, bajo la cama, dentro de su cabeza. El hombre se sacudió, cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos e un gesto ridículo e inútil. El sonido se arrastraba por la oscuridad, taladrando los oídos del Paco Yerón. El hombre alargó una mano a la lámpara de la mesita de noche pero no la alcanzó, de repente no estaba, o quizás sí pero no la encontraba. Solo había oscuridad. El hombre balanceó la mano en el aire, en mitad de la nada, antes de rendirse. Pero el ruido cesó, el hombre abrió los ojos y miró a la puerta, casi deslizándose empezó a abrirse y por ella empezó a entrar oscuridad, derramándose por la habitación, las sombras que ya había empezaron a crecer y antes de que todo se sumiera en la noche, durante un breve instante el hombre contempló lo que entraba por la puerta.
El silencio volvió a la escalera, todas las fotos seguían exactamente igual, mirando con sus borrosos ojos sepia, a través de la oscuridad, como si quisieran descubrir qué se esconde al otro lado, o como si ya lo supieran.
Nada dorado permanece
marzo 8, 2012
El tiempo pasa, parecido a una losa arrasa con todo a su paso, como un terremoto que todo lo cambia, casi igual que mantequilla en la sartén. Pero todas las metáforas son inútiles y vanas comparadas con el incesante, inevitable y abrumador paso del tiempo. Como un incesante río el tiempo pasa rozándonos y desapareciendo sin ser visto, pero los ríos tranquilos son los más profundos, y sin darnos cuenta cantidades colosales de tiempo pasan por nuestro lado para no volver, es un tiempo que ya ha desaparecido, un tiempo que hemos empleado para caminar, pensar, odiar, comer, odiar; y cualquier cosa que sea que hayamos hecho en ese pequeño instante quedará para siempre ahí, marcado a fuego en aquel breve segundo que quizás olvidemos en el siguiente. Con estas corrientes temporales podemos hacer grandes cosas, cosas que nos sobrevivan, que dejen una huella tan profunda que el tiempo no borre. Quizás un libro único, una película, una escultura o incluso ideas puedan convertir a alguien en inmortal. ¿Quién negaría que Shakespeare sigue vivo cada vez que un actor repasa el papel de Mercucio en voz alta? Con las antiguas palabras resonando entre las cuatro paredes de su estudio, aquellas mismas que hace quinientos años escribiera un hombre que diría conocer bien: Y al final a eso se reduce la vida del grandioso William Shakespeare, un hombre que nació, creció como buenamente pudo, pero también amó a mujeres, quizás también a hombres, se equivocó muchas veces y casi cada vez sacó una moraleja, se emborrachó, tenía amigos y enemigos y claro, también escribió algunas obras, buenas, malas y regulares, quién sabe si algún día se enfadó consigo mismo destruyendo alguna de sus obras. Podemos decir que Shakespeare es una de las personas que más ha hecho por permanecer en el tiempo, quiera o no, como también han hecho Donatello, Cervantes, Comte, Einstein… ¿quién no recuerda esos nombres? ¿Quién no diría que no han ganado la batalla al tiempo? Y sin embargo quién tiene el valor de abrir sus tumbas, mirar en lo profundo de las cuencas de los ojos y decirles a estos emblemáticos personajes que son inmortales, que a pesar del paso del tiempo ellos permanecerán de una manera u otra. Curiosamente sus mandíbulas nos devolverían una sonrisa irónica (los más recientes claro, de los antiguos solo podríamos dibujar una cara sonriente en la pequeña capa de polvo que quedara en sus nichos). Y en definitiva esa es lo más inmortal que podemos alcanzar a ser, por ahora. Pero el tiempo cambia, los antiguos cánones se pierden y las grandes obras de siempre se convierten en antigüedades. Pero, qué ha quedado entonces sino el recuerdo de esas personas, de sus obras y reflexiones. E inevitablemente llegará el día en el que todo aquello llegue al olvido y por fin desaparezca toda muesca paso por la tierra. Entonces ¿qué queda? Nada, absolutamente nada. Y mucho menos que eso, un vacío tal que para imaginarlo medianamente habría que dormir sin pensar en nada y moderada o altamente narcotizado. ¿Y por qué merece la pena luchar entonces?
…para que aprendas
marzo 21, 2011
Fue un momento bastante curioso, estaba en la cocina haciendo la comida, estaba haciendo arroz con algo, no recuerdo. También tenía los auriculares puestos, los Red Hot Chili Peppers o algo parecido. Entonces entró Ana en casa se paró en la puerta de la cocina y empezó a hablar, casualmente justo en el estribillo de la canción. Le dije sí, sí, lo que tu digas. Y salió de la cocina.
Lo gracioso de la situación es que ya llevo tres años sin verla, ni sin saber lo que dijo.
… en sepia
enero 24, 2011
Antonio González salió de la iglesia al sol de la mañana, los fieles seguían cantando en latín, mientras él recibía el sol en la cara, y el viento fresco, cerró un poco los ojos para disfrutarlo, dentro de la ermita se había reunido todo el pueblo, el aire estaba lleno de sudor, incienso, lágrimas y latín. Frente a AG se abría a una pequeña explanada que terminaba de repente en un barranco hacia un valle, más allá se extendía la sierra, la sierra y los olivos, las encinas, los alcornoques y la jara. Caminó un poco por la terraza hacia una fuente de agua fresca donde algunos niños jugaban, reían y se gritaban. Una madre salió de la ermita, giró la cabeza, se remangó la falda y corrió hacia la fuente, todos los niños desaparecieron en un momento, corriendo y escondiéndose como podían. Excepto uno que se quedó mirando fijamente la montaña humana que se le venía encima, tenía los pantalones llenos de agua y de las mangas de la camisa le goteaba, y más le goteó cuando su madre lo agarró por la oreja y se lo llevó de nuevo a la capilla (‘mira como te has puesto, ahora cómo vas a entrar en la ermita. Dime, dime…’). Una vez la madre fuera de vista los demás niños florecieron y de nuevo se hicieron con la fuente, volvieron a salpicarse y a reír, hasta que otra madre se diera cuenta de que en realidad no sabía dónde estaba su hijo, ellos estaban seguros. Antonio González se acercó al grifo, una niña con la cara sucia se apartó del camino y se le quedó mirando mientras él se mojaba las manos, seria y fijamente, con los ojos grandes que solo tienen los niños, el sol le brillaba en cada gota que caía. Y el pelo negro y mojado se le pegaba en la mejilla haciendo una espiral sobre la piel morena, él sonrió y la niña no.
Antonio volvió a la ermita, en la puerta esperó a que los ojos se acostumbraran a la oscuridad. El ambiente en el interior seguía cargado con todas las personas allí presentes, y las que no. Todo se había vuelto más intenso, en cuanto terminaran las letanías llegaría el momento que habían esperado durante tanto tiempo. En el aire se respiraba el sudor y el barro, pero también la fe, la emoción y todo el sentimiento que servían de cimientos a aquel templo. Al fondo, junto a la Virgen se escuchaba al párroco rezando en latín y en toda la cámara los fieles respondían.
Kyrue elesion
Christe elesion
Criste audinos
Christe exaudinos
¡De rodillas, de rodillas! Se escuchó en un susurro por todo lo alto, la ermita se agacho poco a poco, Antonio consiguió llegar hasta su mujer que con la cara roja respondía en un latín de oído. Se miraron y arrodillaron a la vez. Las piernas más viejas temblaban pero resistían, la voz del cura se zigzagueaba por las vigas de madera y caía entre los asistentes.
Pater de coelis, Deus
Miserere nobis
Filii, Redemptor Mundi, Deus
Miserere nobis
Spiritus Sancte, Deus
Miserere nobis
-¿Cómo se te ocurre irte en mitad de la misa? -dijo Mercedes.
Antonio volvió a mirar a su mujer y sonrió, el cabello de la frente, mojado por el sudor le recordó al de la niña que acababa de ver en la fuente, seguramente ella hubiera sido así a su edad, pensó.
Sancta Trinitas, unus Deus
Miserere nobis
Sancta Maria
… un poco de niebla
enero 20, 2011
Hoy vino otra vez la niebla, pero yo no le tengo miedo al monstruo.
Mi hermana pequeña sí que tiene miedo, por eso tenemos que encender la luz, aunque esté prohibido. Pero papá y mamá cierran las persianas y las cortinas y no pasa nada. Una vez salí con papá al balcón cuando había niebla, porque yo no tengo miedo, y todas las casas estaban oscuras, hasta la tienda de debajo de casa donde venden de todo. Había gente en otros balcones buscando al monstruo, aunque era de dia estaba oscuro, el sol brillaba en el cielo como un plato gris y se veía poco con la niebla.
Mamá está leyendo mientras estamos en casa, mi hermana y yo pintamos, le dibujo al monstruo para que sepa como es y no le tenga miedo, no es malo ni feo como los monstruos de la tele. Y tampoco viene mucho, a veces a mi madre no le da tiempo a coger el libro que el monstruo ya se ha ido, otras tarda más. ‘Ser un monstruo no es fácil’ le digo a mi hermana.
Mi hermana me mira como si fuera mentira, pero no lo es, porque lo vi cuando salí al balcón con mi padre ese día. ‘tiene una antena en la cabeza, solo una y al final hay una luz, como una bombilla y brilla mucho porque se ve a través de la niebla y es más alto que cualquier edificio porque se veía la luz de lejos y lo demás no sé como es…’ y mi hermana sigue sin creerme porque se pone a dibujar otra vez sus cosas.
De repente la luz volvió, la niebla se desenganchó poco a poco de los edificios dejando otra vez al aire libre las ventanas, balcones y aparatos de aire acondicionado. Mamá preparó las cosas para ir al supermercado, en el camino se veían por las calles las enormes pisadas de barro y los camiones de bomberos limpiando.
… un cruce de caminos
enero 9, 2011
Todavía me acuerdo de cuando apareció la jacaranda, apenas era una pequeña mala hierba en medio de la carretera, Exáctamente en medio del cruce. Quizás fue por eso que al principio se libró , los coches pasaban un poco a la derecha, un poco a la izquierda, pero nunca por el centro. Así fue durante la primera semana, por la mañana se veía de un verde brillante en el alfalto gris, igual de brillante que las luces del semáforo a través de la niebla.
Entonces me fui un fin de semana fuera, a la playa. A los 10 años cualquier playa es buena, aunque esté llena de basura y no haga sol, hacíamos castillos con las latas y poníamos piedras encima como si fueran centinelas, luego la marea se lo llevaba todo lentamente, excepto las piedras, que las hundía poco a poco en la arena redondeada. A la vuelta pasamos con el coche por el cruce de la jacaranda, según mis padres había crecido mucho, yo nunca había visto crecer un arbol así que pensé que era normal que midiera lo mismo que yo, me gustó. Al poco mis padres volvieron a sus temas de conversación y yo a hacer dibujos en el vaho de la ventanilla del coche.
No volví a pasar por el cruce hasta dos dias después, camino del colegio, para aquel entonces las ramas daban bastante sombra a la carretera, las raices habían agrietado el asfalto y los coches tenían que girar para evitar el arbol. Cada día se hacía más grande, sus hojas verdes atrapaban toda la luz del sol, toda la que permitían las nubes constantes, y el asfalto se rendía poco a poco. Los adultos dejaban caer el tema en algunas conversaciones casuales pero sin mucho interés.
A los dos meses hubo un accidente y todos los niños del barrio fuimos a verlo, los cuatro. La jacaranda había cogido una moto y tirado al conductor al suelo, al poco rato nos fuimos aburridos porque nada más pasó. Durante varios dias todo siguió igual, a veces aparecía una moto nueva en las ramas, un coche, un día vimos una pequeña furgoneta de helados. Pero solían desaparecer a los pocos días.
El día de mi cumpleaños volvimos a ir a la playa, esta vez cogimos otro camino, ya nadie pasaba con el coche por el cruce de la jacaranda. Pero se veía a lo lejos, intermitente a través de los huecos entre las casas, gigante al viento. Las flores lo habían vuelto completamente morado y las hojas caían lentamente en la tierra donde antes estaba el asfalto, el cielo seguía como siempre nublado, y a pesar de ello, había claridad en la sombra de la jacaranda.
La playa seguía sucia.
…ashes and smoke
mayo 2, 2010
Desde lejos.
Mis ojos te buscan, instintivamente, no saben, insensatos, que no estás. Recorren la habitación que hicimos nuestra y te buscan, a ti y a tus suspiros. Pero no encuentran a ninguno, solo papeles arrugados en orden y restos de los restos de mi vida. Ya no importa el orden, ya no hay prisas, ni tranquilidad. Mis ojos te buscan, en lo alto, donde siempre has estado, rodeada de nubes y de sol, como si en realidad no existieras y aún así…
Todavía te siento, huelo tu cuello en mi habitación y reconozco los momentos, por un momento reconozco el lugar de mi mesa donde una vez pusiste la mano, de espaldas a la mesa ni siquiera miraste cómo arrollabas papeles y movías libros, durante un instante con un roce de tu dedo meñique, hiciste rodar un lápiz por la mesa. Ese sitio ahora está vacío. Pero lo miro igual.
Mientras tú caminas por tierras que yo nunca he visto, hablas con personas que nunca conoceré y respiras un aire desconocido para mí. Me enfado con el sol porque nos ilumina a ambos, le hablo pero no me contesta, le pregunto si te conoce, si también deja caer sus rayos sobre tu piel, le pregunto si cantas cuando nadie te mira y si sonríes al caminar. Pero no me responde, solo me contempla, embobado y sin deseos. Arrastrándose por el cielo contemplándonos al mismo tiempo y dejándonos al azar.
… (…)
abril 13, 2010
No te echo de menos, no quiero verte, de hecho. No pienso ni un segundo en ti, ni en tus manos ni por supuesto en tus ojos por mucho que insistan no voy a prestarle atención a esa idea que tengo rondándome por la cabeza. Me cuesta caminar hoy, pero no porque no estés, sino por otras razones, el clima por ejemplo. Para nada está relacionado con tu ausencia ni de nuevo con tus ojos, en absoluto. Otra vez otra vez que no.
Me alegra que estés lejos porque tu tono de voz me irrita, tan suave y tranquilo, como si no hubieran problemas en el mundo, una voz que deberían usar en hospitales para explicar las muertes a los familiares, o para contar cuentos de buenas noches. No la uses conmigo porque no la quiero, de hecho no estoy pensando en ella en este momento.
No te echo de menos, de ninguna manera, y desde luego no lo voy a escribir, qué sentido tiene decir que lo que siento, en qué pienso al levantarme, por quién…
¿Ves? ya no quiero